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La pesadilla | Rafael Nieto Loaiza

Se acabó, por fin, la pesadilla. Pero tras ocho años de mal gobierno, deja un estela de podredumbre que tomará mucho esfuerzo y tiempo componer.

Por eso, aunque es aplaudible que el presidente Duque pretenda gobernar sin espejo retrovisor, no es menos cierto que es indispensable hacer un corte de cuentas que le permita a la ciudadanía saber el estado de cosas que nos dejan Santos y su gobierno. De otra manera ocurrirá que la gente empezará a cobrarle al nuevo gobierno el malestar heredado, como en la Argentina de Macri o la Francia de Macron. La energía no puede ponerse en lo que fue sino en lo que será, pero un balance en blanco y negro, bien comunicado, es indispensable tanto para saber de donde se parte como para moderar las expectativas.

Hago acá un resumen de algunos puntos relevantes: el peor de todos, el precedente del irrespeto a la democracia y el sometimiento de los otras ramas del poder público al capricho presidencial. Santos engañó a los electores en el 2010, haciéndose elegir con unas banderas y con unos compañeros de campaña para gobernar con otros completamente opuestos. Pero, mucho más grave, después se inventó un plebiscito para, cuando fue derrotado, desconocer su resultado. En otros países perder un plebiscito lleva a la renuncia del jefe de Estado. Acá Santos no solo se quedó en la Presidencia sino que corrompió magistrados para que desmintieran sus propias sentencias, diciendo lo contrario a lo de apenas semanas atrás. Y el Congreso también avaló el atraco. Saltó por los aires el pilar esencial de que la voluntad popular reina en una democracia y también se reventaron los principios de separación de las distintas ramas del poder público y el de pesos y contrapesos, sin los cuales la democracia deja de serlo. Y volvió la Constitución un trapo, sin valor alguno y con el que se puede hacer cualquier cosa.

Pésimo también el antecedente de gobernar a punta de mermelada, la corrupción sistemática de congresistas y periodistas, alquilados al servicio del Presidente a cambio de contratos, presupuestos y pautas. Mal acostumbrados como han quedado, tendrán la tentación de extorsionar al nuevo gobierno. Y ahí tendrá Duque un desafío monumental: gobernar sin mermelada  y sin mayorías en el Congreso, con unos partidos envilecidos que a la menor oportunidad ejercerán el chantaje. Si cae, avivará a una oposición siniestra que se alimenta del hartazgo ciudadano hacia unos políticos corruptos. Si no, tendrá enormes dificultades para desarrollar su agenda política y legislativa.

La búsqueda de maneras distintas, transparentes, de asegurar apoyos partidistas es vital para Duque, para el sistema democrático y para su suerte en el 22. ¿Eliminar los cupos indicativos, tras los cuales se esconde la financiación de los parlamentarios y la riqueza extraordinaria de muchos? Sin duda. ¿Evitar que las instituciones sean los cotos de caza personal de los congresistas? Claro. Hay que luchar sin cuartel contra la corrupción política, fuente de muchos de nuestros males. Pero hay que buscar espacios de representación, como en todas las democracias, y permitir que los parlamentarios puedan mostrarle a sus electores el éxito de sus gestiones políticas y lo positivo que trae para sus regiones ganar las elecciones.

Por otro lado, hay desafíos adicionales en al menos cuatro áreas: la seguridad, en la que Santos vendió la idea de que vivimos en paz tras el pacto con las Farc cuando en realidad el conflicto sigue vivo, las “disidencias” no paran de crecer, el Eln está más fuerte que nunca, nos ahogamos en un mar de coca, la drogadicción está disparada, y los homicidios, por primera vez en tres lustros, están creciendo; la redefinición de un pacto con la guerrilla que viola el principio de igualdad frente a la ley para premiar a los asesinos, le quebró el espinazo a la rama judicial a través de la JEP, creó incentivos perversos para el narcotráfico, se olvidó de las víctimas de la guerrilla, y dio privilegios políticos a la guerrilla aunque no haya verdad, justicia o reparación; la recomposición de las relaciones internacionales, subordinadas al pacto con las Farc, y que nos dejan, entre otras cosas, una crisis económica y de seguridad en la frontera, llena de riesgos, y una desastre humanitario en todo el territorio por la migración incontrolada; y una situación económica muy difícil que, ella sola, amerita otro par de columnas.

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